Las campanas de toda la ciudad repicaban tan fuerte que el eco de aquellas se escuchaba entre cada toque de estas. El sol hacía horas que le había despertado y ahora comenzaba incluso a molestarle.

En las calles la gente cantaba, corría y sobre todo gritaba. No podía verlos tumbado sobre el colchón pero conocía bien la ciudad en esas fechas. Por el ruido podía casi ver el desfile de gente;  los niños corriendo entre el gentío para ver pasar la comitiva, los viejos comentando a gritos, los músicos desfilando al son de aquella música triunfal que se mezclaba con todo lo demás …

La mano detrás de la nuca, la mirada perdida más allá del techo del cuarto, la otra mano mesándose la barba y rascándola. Esperando sin poder ni querer dejar de pensar en lo que estaba esperando.

Cuando la música estaba ya a unas tres manazas se incorporó, puso la suela de sus botas en el suelo, pasó la palma de su mano izquerda por los nudillos del puño cerrado de la derecha y se puso en pié. Entonces se abrochó cada botón de la chaqueta, se frotó la cara de arriba a abajo con ambas manos y abrió la puerta.

Antes de salir y parado en el quicio se giró, miró en dirección a lo que había encima de la mesa y estiró su brazo para recogerlo. En aquellos días, si tenía que matar, llevar una espada era seguramente la mejor manera de pasar desapercibido.

Foto: Creative Commons Esteban Chiner