Cambiar siempre, cada día.

Cambiar desde un poso que es siempre el mismo y que aprende a moverse en el caos sin perder la calma.

Aceptar que la única constante es el cambio. A raíz de eso no permitir que las olas del exterior te cambien en lo que eres.

Cambiarse cada día para parecerse más a uno mismo y no aceptar que la tormenta te arrastre, sino aprender a estar cómodo en la adversidad y verla sólo como una etapa más hacia puerto.

Si se aprender a vivir en la cubierta y no caer con cada tirón de las velas provocado por vientos que no son los tuyos se vive más en paz.

Y siempre, siempre, siguiendo el faro.